• Carmen Cámara

#Museo suizo

Actualizado: 4 de mar de 2018

TRES SALAS (visita al Kusthaus de Zurich )


El acceso al Kunsthaus ya hacía presagiar algo extraordinario: calles empinadas y solitarias, edificios de estética calvinista, ventanas con cristales emplomados, adoquinado irregular, cielo gris plata, temperatura gélida, librerías de viejo, portales cerrados, carteles en alemán con letra gótica...

Una vez dentro del museo apenas se oía ruido, el ir y venir de los escasos visitantes quedaba amortiguado por la elegante moqueta de ornamentación geométrica; el ambiente era de iglesia, el silencio reverencial. Como una aparición, surgieron ante mi, una tras otra, aquellas tres salas. La primera, dedicada a Ferdinand Hodler , era imponente por su aspecto de mausoleo gigante y se accedía a ella por una escalinata; los enormes murales-cuadros que cubrían totalmente las paredes eran de colores claros bastante mortecinos pero extrañamente poderosos; las composiciones de mujeres y hombres desnudos, envueltos en unos paisajes yermos, sus carnes pétreas, sus posturas hieráticas de sensualidad helada, parecían evocar un limbo entre el cielo y la tierra. A pesar de la aparente frialdad de la instalación y de la luz cenital que enfriaba aún más el ambiente, se adivinaba la pasión del artista por su país, Suiza, simbolizada en aquellas obras, no en vano había empezado su andadura en el mundo del arte pintando en serie vistas de los lagos y las montañas para los turistas.

Después de enredarme en el complicado recorrido del museo y atravesar salas donde convivían cuadros de todas las épocas y todos los estilos, un poco mareada y todavía impactada por la rotundidad de Hodler y sus enjutas criaturas, entré en una sala de proporciones armónicas y paredes verde oscuro, presidida por una estatua femenina blanca y negra emergiendo de un lecho de flores naturales,y donde colgaban unos cuadros que parecían esmaltes. La belleza de la pintura de Böcklin explotaba en el azul turquesa de sus cielos y el rojo intenso de los ropajes. De este maestro que tanto había influido en artistas como De Chirico, recordaba su famosa Isla de los Muertos de la que hizo varias versiones y cuya silueta había trazado yo en algunos dibujos. En los cuadros de esta sala también aparecía una figura vuelta de espaldas y a contraluz que podría ser la Pitia, y que se repite en otros muchos de Böcklin (y que copió el mencionado artista italiano). La palabra enigma, cuyos ecos recoge De Chirico en sus escenas metafísicas, va íntimamente unida a este pintor y a Nietzsche .

Salí de allí con una dulce sensación a pesar de que la pintura de Böcklin no es precisamente optimista, crucé un pasillo y entré en una pequeña habitación redonda con vitrinas dentro de la cuales había cuadritos de costumbres y paisajes románticos de pintores suizos; casi no me detuve a mirarlos porque al fondo se veía otra sala mucho más interesante; los cuadros no destacaban por el colorido, como en Böcklin, sino por los personajes caricaturescos con expresiones de susto, las blancas carnes de las odaliscas y los animales de fábula. Teniendo en cuenta de que Füssli vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX , revela una personalidad visionaria e intempestiva. En mi exposición Dos Estancias había un cuadro dedicado a su Pesadilla, en el que mezclé otras referencias con intención irónica.

Leo que De Chirico criticaba a los que utilizaban influencias directas de otras obras, o de libros, y que los llamaba creadores de segunda. Es posible que tuviera razón, aunque él mismo no se libró de esas influencias, pero prefiero pensar con Ezra Pound aquello de “Hazlo nuevo” y no preocuparme por la clase de artista que sea o deje de ser.

A la salida del museo, dada mi mitomanía, quería pasar por el Cabaret Voltaire, cuna de DADA, aunque temía que el lugar me decepcionase, como efectivamente ocurrió, ya que tenía formada mi propia imagen en la cabeza. No se podía entrar por culpa de unas obras pero por uno de los ventanales se veían las paredes con grafittis al estilo Basquiat, un pianito y mesas boca abajo. El bar me pareció bastante desangelado aunque intentaba esforzarme por imaginar a Ball, Tzara, Richter, Janco, Huelsenbeck, Arp y demás tropa haciendo de las suyas.

Verdaderamente Suiza es un país raro, por el que no parece transcurrir el tiempo. Los paisajes nunca cambian porque a penas se construye, las ciudades parecen ancladas en un presente eterno tan gris y triste como las fachadas de las casas. Los rígidos horarios y la seriedad de los ciudadanos, hacen que el extranjero se sienta intimidado. Sólo la presencia de italianos en los cafés y hoteles con su proverbial desenfado, proporciona un poco de calor a esta sociedad tan calvinista y cerrada.

Raros también son sus artistas, raros y originales; son seres singulares, flores extraordinarias que expanden su aroma por Europa y que parecen querer reivindicar su Patria contra el viento y la marea de las críticas, contra aquellos que piensan que después de 500 años de libertad y “democracia” en Suiza solo se ha inventado el reloj de cuco.






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