• Carmen Cámara

Impresiones de una turista en La Habana


El avión sobrevuela de noche una ciudad a oscuras, a penas se distingue nada, abajo hay una enorme masa negra salpicada de lucecillas amarillas y blancas, temblorosas y minúsculas como cabezas de alfiler. El aeropuerto desvencijado, triste, descolorido; colas repartidas anárquicamente; sensación de inseguridad desde el primer momento; gente que avanza decidida, saltándose la cola, con el consiguiente desconcierto del resto de viajeros. Policías mujeres con cara de pocos amigos, acostumbradas a mostrar autoridad, seguramente con el fin de intimidar al visitante y advertirle de que aquella tierra que acaba de pisar no es un paraíso turístico más.

Segunda barrera de control, de nuevo mujeres vestidas con batas azul claro, sentadas ante mesas de madera sencillas, dando el alto al viajero. Y ahí empieza a desbaratarse el invento revolucionario. Ante la perplejidad del recién llegado, estas pobres féminas privadas de todo, le preguntan, con voz melosa aunque con cierto tinte amenazador, si por casualidad no trae alguna revista extranjera que les pueda regalar. Por supuesto, el turista, asustado ante este segundo tribunal femenino, saca todo el papel couché del que dispone y lo entrega aliviado. Al parecer el negociete consiste en alquilar a sus convecinas, por unos cuantos pesos cubanos sin valor real, estas revistas confiscadas a los turistas.

Una nueva barrera con escaner que, salvo mala suerte se pasa sin consecuencias, da acceso a la sala de equipajes donde el barullo es fenomenal y donde una mujer obesa dirige el tráfico de turistas, contribuyendo al caos con sus indicaciones incomprensibles.

Al salir del aeropuerto, la carretera esta oscura como la boca del lobo, el coche da saltos continuamente y fantasmas cruzan la calzada sin temor a ser atropellados; se percibe un olor a queroseno muy fuerte aunque por ser de noche no se ve de donde proviene.

De día la cosa cambia y mi percepción, hablo ahora en primera persona , es totalmente diferente . En el barrio donde amanezco las dimensiones de las calles son “a la americana”: anchas y larguísimas avenidas flanqueadas por villas con jardín y árboles; aparentemente estoy en una ciudad esplendorosa sin visos de pobreza o decrepitud, más bien aquello recuerda a los “suburbios” estadounidenses, así que la primera impresión es magnífica; pero pronto aparecen las costras: casas derruidas, otras carcomidas, al lado de edificios con apariencia moderna, algún hotel con gran presencia, puestos de comida rápida… y el mar a tres cuadras. Todo es equívoco en La Habana, impresiona la belleza y la amplitud de la ciudad vieja, con edificios coloniales recién pintados al lado de ruinosas casas de vecinos; hombres y mujeres sentados en los portales de las fincas esperando algo que hacer, vestidos de cualquier manera, en actitud pasiva y resignada. Un paseo en coche por “Centro Habana”, muestra la verdadera dimensión de la tragedia social. Este barrio, pegado al centro histórico, ha sido abandonado a su suerte, y por sus calles, medio vacías y llenas de escombros, se arrastran los parias del Régimen, personas sin esperanza y sin fuerzas para luchar, ni siquiera por un platillo de arroz o frijoles.

En contraste con esta cara fea de la ciudad, está la vida que poco a poco va cobrando una parte de ella y de la que gozan unos cuantos privilegiados, o aquellos que saben sacar partido a la escasa libertad de la que disfrutan. Porque si hay algo que los cubanos están acostumbrados a hacer es a “resolver”, palabra-comodín que se usa para todo, desde montar un restaurante, conseguir un kilo de papas o un repuesto de automóvil, enviar a un hijo a Miami, vender puros en el mercado negro, o dar cobijo a turistas en casas particulares con derecho de pernada.

Los famosos restaurantes para turistas o “paladares”, son fruto de esta virtud habanera de la “resolución”. Aparte del coté exótico, no tienen nada que envidiar en el aspecto gastronómico a los sitios cool neoyorquinos, además de ser muy imaginativos en cuanto a su ubicación. La Guarida, uno de los más de moda, está en Centro Habana, en medio de la catástrofe. Sofisticado como el que más, decora sus interminables pasillos y estancias con fotos de artistas de Hollywood que lo han visitado y ofrece al comensal deliciosos platos especiados.

En fin, me quedo con las variopintas y relajadas colas de la heladería “Coppelia” en La Rampa, donde los cubanos van a echar la tarde mientras intentan conectarse desde el punto Wi-Fi, vía IMO, con familiares allende la Bahía; con la arquitectura vanguardista del cine “Yara” que está al otro lado de la plaza; con los jóvenes que se apalancan en el húmedo Malecón esperando pacientemente a que se “seque”; con los gorrillas que enseñan con orgullo los relucientes “almendrones”(“haigas” en España) a los “yumas”; con “La Bodeguita del Medio” y el “Floridita”, dos de los templos del “turisteo” mitómano y coctelero ; con las palmeras reales de Siboney; con los ritos de una mujer “santera” alrededor de una tumba en el cementerio Colón; con los marineros subidos al palo mayor de un gran velero en la Marina Hemingway; con la coqueta playa del Club Habana ; con la vista espectacular desde la azotea de La Guarida; con el impresionante hall del Hotel Nacional; con las puertas pintadas de azul celeste en La Habana Vieja; con la particular casa/museo dedicada a Napoleón Bonaparte; con el paseo nocturno a la salida del fastuoso Teatro Alicia Alonso, sorteando baches y salideros, y con el último baño en las aterciopeladas aguas de las playas del Este, y la ultima “laguer” “Cristal” en el bar “Mi Cayito”.

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