• Carmen Cámara

PROYECTO DE GUIÓN (FALLIDO)

Mi visión del arte como película “B” es la del nihilista no comprometido (no confundir con la de los nihilistas comprometidos que son legión). En este mundo, que sigue dividido en compartimentos más o menos estancos por muy globales que sean, me sitúo junto a los nihilistas admirativos, los imaginativos, los retrospectivos, y los expertos en distancias largas, esas que los periodistas pomposamente tachan de crepusculares.

Situemos la escena de este guión-manifiesto en el momento en que el escorpión pica a la rana y exclama: “¡Viva lo mortal! ¡Arriba lo perecedero! ¡Muera lo perenne!”. Comienza entonces el larguísimo plano secuencia del juego infinito de espejos deformantes en el parque de atracciones abandonado. El leitmotiv de la película es la locura del actor sometido a los cambios de humor de su personaje, un criminal paranoico en proceso de reinventarse a sí mismo. Sus ojos giran a gran velocidad en el sentido de las agujas del reloj e indican que, a pesar de ser excepcional, está sometido como los demás a la implacable flecha del tiempo. En uno de los momentos más tensos del film, el protagonista se niega a encerrarse en su cuarto y pensar en la estrategia adecuada para catapultarse a la siguiente Bienal de Venecia. Una y otra vez se repite a sí mismo, con objeto de no caer en la tentación del triunfo barato, que detesta el arte político y que aboga por un arte fundamentalmente bien hecho. De golpe se abre la puerta (plano en profundidad) y aparece “ella” envuelta en un halo de misterio, su estilizada silueta se recorta, oscura, en el quicio; pausadamente se quita un guante y luego el otro, abre su bolso de mano y saca una pistola; una risa sarcástica retumba entre las columnas; entonces se da la vuelta alejándose con paso rápido. Nuestro protagonista permanece como hipnotizado por la visión. A continuación vemos el interior de una casa burguesa, típica de suburbio americano: cortinajes estampados, cómodos sillones, una televisión anticuada, retratos aquí y allá, y un cadáver tendido sobre la alfombra (que simboliza el acogedor seno del arte), extensa, mullida y confortable, apta para recibir pesados cuerpos inertes. Tiene razón Jünger cuando afirma que la obra de arte amamanta la nada, en este caso da de comer a la alfombra.


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